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"La obra civil y el cine"
Artículo de Valentín J. Alejándrez en la revista "Ingeniería y Territorio"
De la ingeniería y las otras artes. Volumen I
Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos
2006

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Los comienzos del cine

El 28 de diciembre de 1895 es la fecha aceptada por todos como la del nacimiento del cine. Aunque todavía se puede encontrar debate sobre la paternidad de la invención del cinematógrafo, con unos otorgándola al estadounidense Edison y otros reconociéndosela a los hermanos franceses Lumière, esto no va más allá de una discusión sobre patentes. Con mucha probabilidad, la verdad está a ambos lados del Atlántico y tanto el uno como los otros bebieron de las mismas fuentes para llegar a un invento similar que se convertiría en la herramienta fundamental de lo que ahora nos atrevemos a llamar séptimo arte.

Lo que no cabe duda es que aquella tarde de diciembre nació el cine como espectáculo público. En el Salón Indien, en el sótano del Gran Café de París, los hermanos Lumière proyectaron unas grabaciones cinematográficas con las puertas abiertas por primera vez al público. Tan sólo treinta y tres personas asistieron al evento y quién sabe si alguna lo hizo por resguardarse de la fina pero tenaz lluvia que caía en esa tarde sobre el boulevard de los Capuchinos. Cada espectador pagó un franco. Ése fue el precio por disfrutar atónitos de películas como “Salida de los obreros de los talleres Lumière”, “El regador regado” o la triunfadora de la velada “Llegada del tren a la estación”, entre otras. Ninguno pudo ni siquiera intuir la dimensión que alcanzaría aquel invento que se presentaba por entonces y al que ni sus inventores le auguraban un futuro rentable, pero lo cierto es que todos se maravillaron al presenciar cómo unas figuras humanas proyectadas sobre la pared se movían con una perfección que parecían reales. Cuenta la leyenda que tanta realidad asustó a todos los presentes cuando la imagen de un tren se acercó desde la distancia hacia el mismísimo salón donde se encontraban todos, haciendo incluso que alguno huyese despavorido ante el inminente atropello.

Con huida o sin ella, lo cierto es que la “Llegada del tren a la estación” fue la película más impactante y la que se recuerda al hablar de aquella primera proyección pública.

Habrá quien piense que fue la casualidad la que hizo que una obra civil fuese la protagonista absoluta de la primera película de la historia, pero con investigar un poco se descubre que la relación entre la ingeniería civil y el cine es mucho más intensa de lo que puede parecer a simple vista.

En aquellos primeros años, los pioneros del cine apuntaron el objetivo de sus cámaras hacia el espectáculo y el movimiento. Buscaron localizaciones grandilocuentes y situaciones que pudiesen resultar atractivas, pero todas ellas tenían como denominador común el movimiento. Ésa era la sorpresa para quienes conocían la fotografía estática y contemplaban ahora el paso del estatismo a la animación real. En su búsqueda de protagonistas, las obras civiles supusieron un filón, y es que estas tienen mucho que ver con el movimiento: el de las personas a lo largo de carreteras y líneas ferroviarias que salvan obstáculos naturales mediante puentes y túneles; el de mercancías que se cargan y descargan en grandes buques desde los puertos; o el del agua que acumulamos en los embalses gracias a las presas y distribuimos por canales hasta los grifos de nuestras casas. En el cine, tal y como lo conocemos hoy, también todo es movimiento, y no sólo por el paso del celuloide por el proyector a veinticuatro fotogramas por segundo. Es cambio y transformación. Los protagonistas se mueven y se transforman, como la energía potencial del agua en una presa se convierte en energía eléctrica unos metros más abajo.

La prueba de la importancia que tuvieron las obras civiles en los primeros años de la cinematografía quedó impresionada en el celuloide de películas como “Botadura del Fürst Bismarck” (1896), “Partida de pescadores de un puerto” (1895) o la ya mencionada “Llegada del tren a la estación”, todas ellas de los hermanos Lumière.

Aquí en España la evolución fue prácticamente la misma, pero con un par de años de retraso. Fructuoso Gelabert rodó en 1897 “La salida de los obreros de la Fábrica España Industrial”, en 1898 “Llegada de un tren a la estación del Norte”, en 1903 “El puerto de Barcelona” para llegar hasta 1910 con su “Fabricación del cemento Asland”. Entre 1910 y 1920 Antonio Tramullas rodó varios reportajes sobre el pantano de Cova Foradada e incluso le dedicó una película a un salto hidroeléctrico.

Pero no creamos que las obras civiles sólo participaron en películas documentales. En 1903 y al otro lado del Atlántico, el estadounidense Edison junto a su realizador Edwin S. Porter sorprendió a todos con la proyección de una película de larga duración que llegaba hasta los catorce minutos y que además de ser una historia de ficción (ya antes habían proyectado ficciones de uno o dos minutos) se rodó siguiendo un guión que narraba dos historias en varias localizaciones distintas que se simultaneaban en la pantalla y terminaban por unirse en un final sorprendente. La película fue “Asalto y robo al tren” (1903), está considerada como el nacimiento del guión narrativo en el cine y toda la trama discurre alrededor de una línea ferroviaria, con su estación y su depósito de agua como elementos clave. De nuevo una obra civil está presente en un salto cualitativo en la historia del cine.

El cine fue madurando y perdió poco a poco su carácter documental para dedicarse con mayor intensidad a las historias y los personajes. En ocasiones, las obras civiles han sido consideradas como localizaciones, escenarios más o menos espectaculares, más o menos atractivos donde las historias de los protagonistas alcanzaban un clímax. Pero en otros casos, los guionistas y directores cinematográficos han cargado de simbolismo y de significado a los puentes, las carreteras, los túneles o los canales, lanzando mensajes a través de ellos, utilizándolos como hilo conductor de mil historias.

 

Tender puentes a la imaginación

Quizá han sido los puentes los grandes intérpretes dentro del gremio de las obras civiles. “El puente sobre el río Kwai” (David Lean, 1957) es una de las primeras películas que vienen a la mente cuando se piensa en la relación entre la obra civil y el cine. No es para menos. La construcción de un puente ferroviario en plena jungla asiática da pie a una de las mejores y más aplaudidas películas del género bélico. Pero el puente no es sólo una excusa para las hazañas de los protagonistas. Se trata de una cuestión de honor para el coronel japonés Saito (Sessue Hayakawa), que deberá matarse si no consigue finalizarlo en el plazo previsto, mientras que el coronel británico Nicholson (Alec Guinnes) descubre en el puente la herramienta para afrontar un enfrentamiento cultural de dos civilizaciones milenarias con códigos y valores muy diferentes, donde los conocimientos técnicos británicos pretenden estar, y en este caso así es, por encima de los japoneses.

No termina ahí la simbología de esta obra. A lo largo del metraje, el puente se convierte en el instrumento para devolver la disciplina a sus hombres, en el medio que le permitirá alcanzar la posteridad, pasar a la historia como el artífice de una vía de comunicación a través de la inhóspita jungla. En definitiva, se torna en portador de diferentes mensajes, soporte del subtexto de la película. Un subtexto rico y variado que se cuela entre las líneas del texto para conformar un guión merecedor de uno de los siete oscar de Hollywood que conseguiría esta producción en 1957.

Otros puentes famosos por el cine son los utilizados por Clint Eastwood en “Los puentes de Madison” (1995). Localizados en el estado de Iowa, se trata de una serie de diecinueve puentes del siglo XIX de los que quedan en pie tan sólo seis. En principio se construyeron como sencillos puentes de madera, pero ante el temor de un rápido deterioro del tablero y del alto precio de reponerlo, se decidió cubrirlos con madera barata para protegerlos. A ellos… y a la historia de amor cinematográfica entre el fotógrafo Robert Kincaid (Clint Eastwood) y la ama de casa Francesca Johnson (Meryl Streep).

Aunque también el puente de Queensboro en Nueva York es testigo del amor entre Woody Allen y Diane Keaton en su “Manhattan” (1979) simbolizando de nuevo la unión entre dos personas, no siempre han sido los puentes protagonistas de situaciones tan felices. “La chica del puente” (Patrice Leconte, 1999) comienza y termina con suicidios o intentos de suicidio desde el puente ferroviario de Austerlitz en París y el puente Fatih Sultan Mehmed en Estambul. En España Manuel Mur Oti allá por 1951 rodó, para “Cielo negro”, una de las secuencias más impresionantes del cine español comenzando con un intento de suicidio desde el viaducto de la calle Bailén en Madrid y terminando, tras un travelling inigualable, en la iglesia de San Francisco el Grande.

Puentes reñidos hemos tenido muchos. El género bélico ha centrado como objetivo militar más de un puente. “Un puente lejano” (Richard Attemborough y Sydney Hayers, 1977) lo hizo con siete de ellos sobre el Rhin en un tramo de cien kilómetros mal comunicados. A pesar de llegar a utilizar una pasarela “Bailey” de fabricación inglesa, que es lo más parecido a un puente pret-a-porter de diseño, como sentencia en los últimos momentos el general Browning (Dirk Bogarde), el plan tenía un puente demasiado lejano

Demasiadas han sido las películas bélicas sobre la II Guerra Mundial que se han rodado desde el punto de vista aliado. Es evidente que debía ser más difícil para los derrotados extraer historias atractivas de aquella guerra, pero el alemán Bernhard Wicki en 1957 rodó “El puente” y nos dejó un testimonio estremecedor de lo que puede provocar el ingenuo idealismo de unos chiquillos al mezclarlo con el sentido de la hombría propio de la edad y la obediencia ciega a unas órdenes del superior. La película fue rodada en un pequeño puente de piedra a las afueras de Cham, un pueblecito situado en Oberpfalz, uno de los siete distritos de Baviera. Al parecer la historia está inspirada en unos hechos reales que ocurrieron durante la retirada de las tropas alemanas. Cuando el filme llega a su fin y funde en negro una voz en off extiende la amargura: Esto ocurrió el 27 de abril de 1945. Fue tan irrelevante que no apareció en ningún comunicado de guerra ”.

Cambiando de género, hemos disfrutado mucho también con el puente colgante de madera y lianas zarandeado por un elefante mientras Cary Grant y Sam Jaffe lo intentan cruzar en “Gunga Din” (George Stevens, 1939) o con aquel del mismo tipo en el que Indiana Jones (Harrison Ford) y sus amigos se ven emboscados y están a punto de caer al abismo en “Indiana Jones y el templo maldito” (Steven Spielberg, 1984). Este último fue construido en Sri Lanka para la película y el cálculo exacto del mismo le fue encargado a un equipo de ingenieros que en aquel momento estaba trabajando en la construcción de una presa unos kilómetros más abajo del río. El cañón en el punto donde se ubicó el puente tenía una altura de más de cien metros.

Estos puentes fueron los encargados de aportar emoción en un momento de clímax de la película, al igual que los puentes levadizos “East 95th Street” de Chicago y el “Tower Bridge” de Londres hicieron lo propio cuando los Blues brothers y el inspector Brannigan decidieron por razones bien distintas saltarlos con sus vehículos cuando las rampas estaban elevadas en “Granujas a todo ritmo” (John Landis, 1980) y “Brannigan” (Douglas Hickox, 1975).

En cuanto a la utilización del puente por parte de los directores de cine cabe resaltar el uso de los mismos como elementos localizadores. Las películas de la serie de James Bond, los casos Bourne, las misiones imposibles y todas aquellas que desarrollan sus tramas en distintas ciudades de diferentes países e incluso continentes utilizan puentes como el de Brooklyn, el Golden Gate, el de la bahía de Sydney o el Tower Bridge para informar al espectador que la acción se desarrolla en Nueva York, San Francisco, Sydney o Londres.


Ferrocarriles fascinantes

En “El Tren” (John Frankenheimer, 1965), la obra civil elegida es una línea ferroviaria, y alrededor de ella discurrirá la totalidad del metraje, usando toda la capacidad narrativa y cinematográfica de elementos como el túnel (que pone a nuestros protagonistas a salvo del acoso incesante de un avión), o la ausencia de túnel (que obliga al recorrido de las vías a rodear una loma y permite a Burt Lancaster adelantar a los alemanes tras una exigente ascensión y un peligroso descenso). En este caso, la obra civil no es portadora de ningún subtexto. Es el texto en estado puro, el camino (de hierro) por el que un tren cargado de obras maestras de la pintura camina en dirección a la Alemania en retirada, aún en lucha contra una Resistencia diezmada. Un camino que ofrece descanso en aquellos “no lugares” que definiría Marc Augé (1992) (lugares de espera, aeropuertos, estaciones, hospitales, sin conexión alguna con los habitantes, sin identidad, que bien podrían intercambiarse de ciudad sin notar la diferencia) y que con el simple cambio del cartel que los define consigue engañar a los alemanes y otorgar la victoria a la Resistencia en otra pequeña batalla.

El ferrocarril consiguió que lugares lejanos pasasen a ser cercanos. Facilitó los viajes de largo recorrido y por tanto convirtió paisajes exóticos en lugares visitables. Al igual que el tendido ferroviario, el cine traía y trae hasta las salas de proyección ciudades misteriosas, grandes desconocidas, junglas tropicales. Wolfgang Schivelbusch denominó este fenómeno como la panoramización del mundo llevada a cabo tanto por el ferrocarril como por el cine, y llegó a hablar de la semejanza entre ambos medios. Comparó la fugaz visión de postes telegráficos pasando velozmente delante de la ventanilla de un tren en marcha con el parpadeo cinematográfico de las veinticuatro imágenes por segundo que se detecta subliminalmente sobre la pantalla.

En esta línea, David Lean utilizó esta similitud para crear una escena de magia cinematográfica en “Breve encuentro” (1945). Laura (Celia Jonson) se sienta junto a la ventanilla del puntual tren que le devuelve cada jueves a su hogar tras un día de amor adúltero con Alec (Trevor Howard), y mirando por la ventanilla, ésta se convierte en una pantalla de cine sobre la que se proyectan mentalmente sus sueños, bailando bajo arañas de cristal en un lujoso salón, en un palco de la ópera en París, en góndola por los canales de Venecia…

La magia de los trenes provoca fascinación, sobre todo en los niños. Apu, el personaje creado por el bengalí Bibhutibhushan Bandyopadhyay llevado a la gran pantalla por Satyajit Rai en una gran trilogía, corre por el campo de la India en la primera de las películas (1953, Pather panchali) para llegar a ver pasar un tren por un exótico paisaje. En España, esa misma atracción irracional por los caminos de hierro y las locomotoras fue sentida por dos niñas en un pequeño pueblo de la Mancha. Isabel (Telleira) y Ana (Torrent), a las órdenes de Víctor Erice en “El espíritu de la colmena” (1973) esperaron el paso de un tren con el oído en el raíl y compusieron uno de los planos más bellos del cine español. Aquellas vías se encontraban y se encuentran en el paisaje toledano cercano a Cíjara.

Algunos trenes han llegado a límites extremos de magia en el celuloide, como el que inventó Won Kar Wai para su película “ 2046” (2004) que trasportaba a sus pasajeros hasta el futuro del año 2046 para rescatar allí los recuerdos perdidos, o el Polar Express, animado ese mismo año por Chris Van Allsburg, que le dará más de una lección sobre la vida a su escéptico protagonista.

Como en el caso de los puentes, los ferrocarriles no han sido siempre elementos tan positivos en el cine. Han sido usados como escenario de asesinatos, secuestros y chantajes en filmes como “Asesinato en el Orient Express” (Sydney Lumet, 1974), “Alarma en el expreso” (Alfred Hitchcock, 1938) o “El expreso de Shanghai” (Josef Von Sternberg, 1932). También como protagonista de una película de esas denominadas de catástrofes en “El puente de Cassandra” (Gerge Pan Cosmatos, 1976) donde un convoy infectado por un virus letal obliga a las autoridades a desviar su camino hacia un puente obsoleto que no soportará su peso y así, sacrificar a todo el pasaje.

Los chicos del barrio de Carabanchel, en Madrid, apostaban su hombría y casi su vida en un juego de templanza y velocidad con las vías del cercanías como escenario en “El Bola” (Achero Mañas, 2000) y más de un personaje ha utilizado este sistema de transporte para ir directo a la muerte arrojándose a las traviesas. El caso más reiterativo ha sido el de Anna Karenina que lo ha hecho en infinidad de versiones, desde la de 1927 a cargo de Edmund Goulding hasta la de Bernard Rose en 1997.

Aunque para traviesas no hay mejor ejemplo que el impactante suicidio colectivo de 50 colegialas japonesas que se arrojan al mismo tiempo sobre los raíles de un expreso a su paso por la estación Shinjuku de Tokio en la primera secuencia de “Suicide Club” (Sion Sono, 2002).

Si saltamos de Tokio hasta el otro extremo del Pacífico y retrocedemos en el tiempo hasta los días del lejano oeste americano, encontramos que los trenes marcaron el ritmo de más de una película cuyo desenlace dependía de la llegada o la partida del puntual ferrocarril. “Sólo ante el peligro” es un ejemplo de dirección magistral por parte de Fred Zinnemann que rodó una película en tiempo real. Esto quiere decir que la historia que cuenta dura exactamente lo mismo que la duración de la cinta y está marcada desde el comienzo por la esperada llegada, a bordo del tren, del vengativo Jack Colby (Lee Van Cleef) al que debe enfrentarse, sin demasiado apoyo, el sheriff Kane (Gary Cooper). Kirk Douglas tuvo que resistir en el hotel de la ciudad todo un día encerrado con el asesino de su mujer esperando la salida de “El último tren de Gun Hill” (John Sturges, 1959). Y todas estas historias tienen como película emblemática la que precisamente narró las aventuras de los pioneros del ferrocarril transcontinental en Estados Unidos. Desde Mississippi la Union Pacific y desde Sacramento la Central Pacific construyeron miles de kilómetros de línea férrea hasta llegar a Promontory (Utah) en la primavera de 1869. Ninguna producción reflejó tan bien como “El caballo de hierro” (John Ford, 1924) los avatares de aquella empresa, el esfuerzo de los trabajadores chinos, italianos e irlandeses, el rigor del clima, el acoso de los indios y la búsqueda de un paso a través de las Cheyenne Hills . Quién iba a pensar en aquellos tiempos que los trenes discurrirían años más tarde bajo la tierra cruzándose a distintas alturas en multitud de trasbordos de líneas que configuran la red de metro de una ciudad.

Muchos han sido los directores que han bajado a los pasillos del metro para rodar escenas, pero pocos consiguieron un resultado como las persecuciones de Gene Hackman a Fernando Rey en “French Connection” (William Friedkin, 1971) o el ataque licántropo a un dandy inglés en “Un hombre lobo americano en Londres” (John Landis, 1981). Esta última fue rodada en la misma estación de Tottenham Court Road, donde discurre la acción, aunque lo más habitual en Londres es utilizar la estación de Aldwych que está cerrada al tráfico. En España también tenemos una estación abandonada, un poco fantasma. Se trata de la antigua estación de Chamberí de la línea 1, entre las de Bilbao e Iglesia. Diseñada por el arquitecto Antonio Palacios junto con Joaquín Otamendi fue cerrada en el año 1966 y mantiene casi intactos suelos y mosaicos de las paredes. Fernando León de Aranoa rodó allí una escena mágica en “Barrio” (1998) con los tres protagonistas cruzando la estación por el centro de las vías ante la mirada perdida de una población indigente al son de la música de Cheb Mami. En los planes del ayuntamiento de Madrid está restaurarla y convertirla en un centro de interpretación de la historia del metro.

 

Carreteras, de secundarias a protagonistas

Otra obra civil por excelencia, la carretera, no sólo ha sido protagonista absoluta de más de una obra maestra del cine, sino que ha dado nombre a todo un género cinematográfico: las road-movies .

Estos caminos asfaltados nos han mostrado paisajes muy diversos desde los desiertos de Utah y Arizona hasta los prados verdes del sur de Francia, pasando por los alrededores de Roma o la bahía del Principado de Mónaco. Pero las road-movies no sólo presumen de trazados espectaculares, sino también de vehículos. Unos por clásicos, otros por espectaculares y algunos por extraños. Alvin Straight (Richard Farnsworth) recorre 150 kilómetros abordo de un cortacésped en la conmovedora “Una historia verdadera” (David Lynch, 1999). Thelma y Louise (Geena Davis y Susan Sarandon) huyen de su vida al volante de un Thunderbird azul del 66. El mismo modelo pero del 67 es el vehículo propiedad de Sailor (Nicholas Cage) que les lleva a él y a Lula (Laura Dern) a conocer a toda una prole de gente rara sacada de la mente de David Lynch (Corazón salvaje, 1990). Grace Kelly conduce un Subean Mark Alpine Roadster por la Grand Corniche de Montecarlo en “Atrapa a un ladrón” (Alfred Hitchcock, 1955) y, paradójicamente, moriría años después en la misma carretera pero esta vez al volante de un todo terreno Rover 3500. La colección de clásicos más espectacular del cine desfiló frente a las cámaras de Stanley Donen en “Dos en la carretera” (1967) a través del repaso a la historia del matrimonio de Audrey Hepburn y Albert Finney mediante varios viajes en coche por el sur de Francia. Conducen, entre otros, un MG-TD y un Mercedes SL Pagoda. Mucho más modesto es el vehículo utilitario perseguido incansablemente por un gigantesco y agresivo camión a lo largo de todo un catálogo de carreteras diseñado por uno de los genios más reconocidos del cine. Steven Spielberg sentó a Dennis Weaver en un Plymouth Valiant rojo del 70 para su bautismo cinematográfico (a pesar de ser un proyecto televisivo) en “El diablo sobre ruedas” (1971).

Las road-movies que utilizan la carretera como un medio de alcanzar la libertad encuentran su apogeo en “Easy rider” (Dennis Hopper, 1969) con Peter Fonda y el propio Dennis Hopper a lomos de unas motos chopper en el apogeo del movimiento hippie y la psicodelia. Es la road-movie que más recuerda a un western, por los parajes recorridos, por las actitudes de los protagonistas e incluso por sus nombres, Wyatt (¿Earp?) y Billy (¿el niño?). Hopper reconoció dos fuentes de inspiración: el lejano oeste americano y una película italiana rodada unos años antes titulada “La escapada” (Dino Risi, 1962). Esta es una de esas joyas medio olvidadas que cuenta el loco fin de semana del imprudente Bruno (Vittorio Gassman) y el apocado estudiante de derecho, Roberto (Jean Louis Trintignant), montados en un mítico Lancia Aurelia Sport B24 del 56 recorriendo los alrededores de la ciudad eterna.

Las carreteras necesitan mantenimiento y cuando se une la escasez del mismo a unas condiciones climáticas subtropicales adversas el firme se deteriora hasta el punto de convertirse en una superficie rugosa denominada chapa ondulada en “El salario del miedo” (H.G. Clouzot, 1953). Unos camioneros voluntarios un poco suicidas se aventuran a transportar nitroglicerina a bordo de unos camiones que, entre otros riesgos, deben cruzar los tramos de chapa ondulada a una velocidad constante de 40 kilómetros por hora para evitar una vibración que sería fatal. La nitro es necesaria para sofocar el incendio de un pozo petrolífero. De la pericia de los conductores y de la suerte dependerá el éxito de la misión.

 

El agua como hilo conductor

Pozos también, pero esta vez de agua, son envenenados en “Chinatown” (Roman Polanski, 1974) con fines retorcidos dictados por la especulación. La ubicación definitiva de una presa por construir provoca una serie de asesinatos, estafas y engaños que Jack Nicholson deberá resolver.

Las obras hidráulicas también tienen su parcela en este particular olimpo cinematográfico. La construcción de una presa suele ir acompañada de polémica. Es un tema delicado sobre todo socialmente, ya que el futuro embalse anegará tierras de cultivo y pueblos enteros. En España todavía se recuerda el caso del pantano de Riaño y este quedó reflejado en la película “Las huellas borradas” que dirigió en 1999 Enrique Gabriel Lipschutz con un guión inspirado en un cuento que Lucía Lipschutz, madre del director, escribió unos años antes. Elia Kazan abordó el mismo tema en “Río Salvaje” (1960). Montgomery Clift intenta convencer a Jo Van Fleet de que debe abandonar su hogar ante la futura inundación. Y en Argentina, Adolfo Aristarain articuló una de las películas más sociales alrededor de la “secreta” construcción de una represa en Valle Bermejo. “Un lugar en el mundo” (1991) también guarda entre sus perlas el duelo entre el carro tirado por el caballo “Dumas” y el ferrocarril. Una carrera por tomar el cruce que simboliza la lucha del débil contra el fuerte y que en este caso siempre gana el débil la batalla. La guerra será más difícil, pero nunca se puede tirar la toalla.

El agua almacenada en los embalses la transportamos por canales. En el cine, los canales han servido para algo más que para eso. King Vidor consiguió con “El pan nuestro de cada día” (1934), al igual que Aristarain, otra historia social pero en este caso la obra hidráulica de turno (un canal muy de andar por casa) se convierte en el resultado de la unión de los agricultores, que se deciden a construirlo con sus propias manos, y en el medio para salvar sus cosechas.

Los canales navegables del norte de Francia son el escenario de la luna de miel de la pareja protagonista de “L'Atalante” (Jean Vigo, 1934) a bordo de una gabarra que los recorre realizando una sutil identificación entre el agua y el amor, con una esclusa que simboliza el ajuste de expectativas y necesidades por el que debe pasar cualquier relación de pareja.

Una vez utilizada el agua en nuestras viviendas la devolvemos al circuito hidrológico para ser tratada por depuradoras y de nuevo a los ríos. Para ello es necesario construir alcantarillas, algo no muy atractivo a priori pero que en manos de maestros como Carol Reed y Orson Welles convierten una secuencia de cine negro en todo un ejemplo de buen hacer. La persecución final de “El tercer hombre” (Carol Reed, 1949) convirtió en escenario mítico la red de alcantarillado de Viena.

 

La oscuridad del túnel

Las cloacas no dejan de ser túneles, y los túneles, sobre todo los ferroviarios, son los protagonistas de la metáfora más recurrente del acto sexual. Muchos trenes se han adentrado en montañas a toda velocidad, con el silbato “resoplando” y echando humo en el caso de los de vapor. Como ejemplo, la escena final de “Con la muerte en los talones” (Alfred Hitchcock, 1959) en la que instantes antes el maestro del suspense filmó una de las elipsis más espectaculares de la historia. Eve Marie Saint se agarra al brazo de Cary Grant mientras cuelga del monte Rushmore. Él tira de ella para subirla y por la magia del cine, a donde sube es a la litera del coche-cama. Luego el tren entra en el túnel, y lo demás… no nos interesa (o sí).

Por supuesto, los túneles excavados con medios precarios, con las propias manos en algún caso, protagonistas de películas de evasiones merecen reconocimiento ingenieril tanto como los otros y entre ellos destacan los de “La gran evasión” (John Sturges, 1963), “Cadena perpetua” (Frank Darabnot, 1994), “La gran ilusión” (Jean Renoir, 1937) o “La evasión” (Jacques Becker, 1960). Ahora bien, para final espectacular, el que protagoniza Tom Cruise en “Misión imposible” (Brian de Palma, 1996) saltando desde un helicóptero en vuelo a un tren en marcha aprovechando la onda expansiva de un explosivo colocado por él mismo y todo ello ¡dentro del eurotúnel que cruza el Canal de la Mancha !. Aventuras increíbles desde un punto de vista racional pero que se le permiten al cine en aras de un buen espectáculo.

 

Un aeropuerto y un puerto

Increíble nos pareció a todos, y nos sigue pareciendo en cada nuevo visionado, que Rick Blaine (Humphrey Bogart) dejara marchar a Ilsa Lund (Ingrid Bergman) en aquel aeropuerto de Casablanca (Michael Curtiz, 1942). Los aeropuertos, las estaciones de tren y los puertos han sido escenario de muchas despedidas. Greta Garbo en el papel de “La reina Cristina de Suecia” (Rouben Mamoulian, 1933) abandona su país y su corona por amor, partiendo del puerto con la mirada entre triste y orgullosa en uno de los planos que quedaría en las retinas de los espectadores como la imagen de la Garbo.

 

La obra civil interpreta

Dando un paso más hacia delante en el proceso creativo cinematográfico, ¿por qué no pensar que la obra civil puede ser considerada como intérprete? Lo habitual es encontrarla en “cameos”, pequeñas apariciones haciendo de sí misma. En ocasiones el papel adquirió mayor presencia e importancia en la historia hasta competir por el protagonismo con los actores principales. Su capacidad interpretativa fue creciendo y le llegó la oportunidad de hacerse pasar por lo que no era, al representar otra obra civil, pero de similar función. El paso definitivo fue cuando, bajo las órdenes de directores como Ridley Scott o David Lean, nos convencieron de que estábamos ante una fábrica, una comisaría o un hospital cuando en realidad se trataba de una presa y una estación ferroviaria.

Es el caso de la presa del embalse de Verzasca en Hittnau (Suiza), que se hizo pasar por fábrica de armamento químico soviético en “Goldeneye” (Martin Campbell, 1995). Parecidas circunstancias vivió la Presa de Aldeadávila de la Ribera , en Salamanca, esta vez bajo las órdenes de David Lean en “Doctor Zhivago” (1965). Curiosamente, las dos presas se terminaron de construir en el mismo año (1965). La mayor versatilidad la han demostrado las estaciones ferroviarias y no sólo por sus papeles en los que interpretan a otras estaciones, como es el caso de la Gare du Nord parisina haciéndose pasar por la Grand Central del Nueva York de los años 30 en “Érase una vez en América” (Sergio Leone, 1984), sino por actuaciones camaleónicas como la de la estación Union de Los Ángeles convertida en comisaría futurista para “Blade runner” (Ridley Scott, 1982), o aeropuerto contemporáneo para “Asesinos de reemplazo” (Antoine Fuqua, 1998).

Para terminar, qué mejor manera que volver a una historia de puentes. El Pont-Neuf en París fue escogido como escenario principal para la película francesa “Los amantes del Pont-Neuf” (Leos Carax, 1991). Distintos problemas de producción llevaron al equipo a tomar una de las decisiones más controvertidas de la historia del cine galo: recrear el Pont-Neuf y sus alrededores en un humedal de La Camargue , a escala natural, lo que supuso el mayor decorado jamás construido para un filme del país vecino. 350 metros de largo sobre una finca de 15 hectáreas que consiguieron arruinar a un par de productores de los que pasaron por el proyecto durante los más de tres años que se tardó en gastar los 150 millones de francos del presupuesto total.

¿Mereció la pena toda esta inversión? ¿Era tan importante el Pont Neuf ? Leos Carax siempre contestará que sí, y la recreación del Pont Neuf , en palabras del decorador, supuso...

“2 millones de tornillos y clavos, 12 gradas de estadio de fútbol confrontadas, 320 toneladas de andamios, 1.300 cajas de vino de 12 botellas, 13 nacimientos de niños, 19 coches de desguace y un accidente laboral”

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